EL EGO. SOFTWARE PARA TRANSMUTAR
A finales del siglo 19 los alumnos más destacados en la realización espiritual fueron enviados por sus maestros de oriente a occidente. Su misión: avivar la luz del conocimiento espiritual en la consciencia de la humanidad. Las condiciones se preveían favorables. Desde tiempos pretéritos sabios y profetas leyeron en la bitácora del cosmos que un período de revelaciones se avecinaba, y que la propagación abierta de la Verdad Universal a nivel planetario sería una realidad (la tecnología de las comunicaciones transforma al planeta en una “Aldea Global” según Tofler ).
Los acontecimientos del Siglo XX conmueven los cimientos de la pretendida seguridad y tranquilidad humanas. Las guerras, el materialismo rampante, los poderes hegemónicos, la manipulación psicológica de la propaganda a todo nivel, el desprestigio de las religiones masivas, las drogas, la violencia, la presencia de visitantes del espacio, proporcionan a los más sensibles espiritualmente un shok psíquico que abona al despertar de la consciencia, que empieza a entender algunas leyes espirituales que rigen la vida planetaria. Las enseñanzas de todas las tradiciones antiguas salen de su ostracismo a difundir la Verdad Eterna a cada rincón del mundo.
Estos hitos son algunas marcas de la transición de la era de Piscis a la de Acuario. Cósmicamente la luz irrumpe en la oscuridad. Más personas escuchan el llamado a corregir errores y enrumbar la conducta por derroteros altruistas haciendo posible las utopías de amor y unidad planetaria, mediante recordar y recuperar en la criatura el diseño del creador, es decir Humanizarnos.
Entre estos enviados se encuentra G.I. Gurdjieff quien a través de los escritos de uno de su estudiante P.D. Ouspensky , difundió a occidente a principios del siglo XX las enseñanzas sobre la antigua idea del ego de una manera didáctica adaptada a la cultura Europea. Plantea que el humano dormido no tiene un YO sino muchos pequeños yoes, cada uno, dependiendo de las circunstancias, representa un personaje y desempeña un papel con el que termina identificándose diciendo yo soy así (eso), creandose una falsa personalidad, una segunda naturaleza de mentira (cambia constantemente, es inestable) que se superpone a lo verdadero (que no cambia, es estable) la esencia del ser. El ego quiere ser complacido, y si uno se identifica con él, entonces, domina y maneja a su antojo a la persona a quien usa para sus fines. El placer que se recibe dura poco y luego se inicia la búsqueda del siguiente placer, y no se llena nunca pues es efímero. La fuerza del placer está en la mecanicidad (actos inconscientes) y el hábito.
El Ego, crea las condiciones para que el “Yo Verdadero” crezca, al presentar una fricción, entre el egoísmo y el deseo de crecer del espíritu que mediado por el trabajo interior busca transformar la energía grosera egoica en amor, una clase de energía más fina, que, poco a poco, desarrolla el alma para asemejarse a su creador, es decir, empieza a otorgar.
Toda la creación desea recibir en diferente forma y medida, los cuatro reinos están involucrados. Los humanos queremos seguridad, ser amados, considerados, mimados, reconocidos, sexualmente gratificados. Cuando el placer no se recibe rápido o se posterga o no se obtiene, el ego reacciona con violencia (de muchas formas), depresión, neurosis etc. Si no estamos atentos incluso la espiritualidad puede ser ego disfrazado, cuando buscamos reconocimiento, importancia o fama.
El ego planetario es un software instalado por nuestro creador para transmutar energías. En las tradiciones espirituales la transformación del ego se lo conoce como el camino de la virtud, la subida al monte, conversión, redención, metánoia, nacer de nuevo etc. En el Evangelio Cristiano existe una metáfora en la que el ego dice que su nombre es Legión (Evangelio de Marcos, 5:9) y reconoce al Yo verdadero (Cristo) y tiene miedo de ser descubierto pues la consciencia despierta no se deja engañar de la falsa personalidad. En la tradición cristiana se plantean los egos fundamentales o pecado capitales como: Avaricia, lujuria, ira, gula, pereza etc., y cada uno tiene una vía de transmutación. Lujuria – castidad. Pereza – diligencia. Avaricia - generosidad. Gula – templanza etc. Es decir se transforma el deseo de recibir por una función acorde al Creador que es dar, sustentar y gratificar a sus creaturas. La transmutación permite que el humano empiece a salir de sí mismo para experimentar el atributo de otorgar afecto, servicio, amor etc. Desde antiguo las Escuelas espirituales de Egipto, Grecia, medio y extremo Oriente, planteaban a los estudiantes esta práctica de autoconocimiento que demanda ser despiadadamente sinceros y honestos a efecto de ver cara a cara, sin escapes ni justificaciones a los personajes que representamos y el perjuicio que nos ocasionan . “Ver” que su puesta en escena generalmente viene del apetito por ser “amados”.
El trabajo interior nos enseña que no somos esos personajes; la violencia, la envidia, la mentira. Lo que realmente somos está detrás de esas máscaras y es inmaculado, por tanto, cada vez que uno de estos pequeños yoes quiere instalarse decimos “yo no soy eso” y suelto todo lo que ese yo trae consigo (yo tengo la razón, yo me merezco, me lo deben, por qué siempre yo, es mi derecho etc.), recuerdo que son memorias, programas instalados que no pertenecen al espíritu. La dinámica del ego hace que incluso en un breve periodo de tiempo aparezcan varios estos personajes (la o el seductor, jefe, intelectual, espiritual, sacrificado, víctima etc.) y, cada vez que aparecen digo “yo no soy eso” y suelto, tranquilo y paciente todo lo que sostiene y justifica la actuación de este personaje hasta que desaparezca. La defensa y protección del ego nos roba una inmensa, cantidad de vatios de energía, nos deja desfallecidos, famélicos, incapaces de realizar el amor (tolerancia, cordialidad, afecto, servicio). Pero, si el ego es transformado desde dentro, mediante un trabajo interior, de soltar, relajar, no aferrarse, no identificarse, entonces se libera grandes cantidades de energía, que el trabajo espiritual refina y que ulteriormente transforma en voluntad y materia sutil para formar los cuerpos espirituales superiores.
La transmutación del ego es un sofisticado proceso de trabajo interior, quien escribe comparte algo elemental, a sabiendas que todo buscador espiritual en un momento dado debe acometer a fondo este trabajo para seguir avanzando.
Caminaré en sentido contrario a la compulsión de mi ego, sin identificarme, tranquilizándome, soltando, relajando, esperando, auto observando. Finalmente todo se transforma, la paz se instala en el ser, la falsa personalidad mengua y la esencia crece.
















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