Quienes están involucrados en el autoconocimiento desde un
corazón verdadero, saben que en las condiciones actuales de sus vidas el Amor
es una tarea, un proyecto, una utopía. La creatura debe realizar el trabajo
espiritual precisamente para acercarse a la posibilidad de Amar, de sentir y saborear
trazas de esa inefable y desconocida realidad.
Al Creador le hemos dado los atributos que humanamente
creemos que representan lo perfecto,
hemos traducido en comportamientos humanos la realidad inescrutable del Amor,
así, las conductas bondadosas, altruistas, que demuestran la intención interna
de salir del egoísmo le hemos calificado de amor. Pero sabemos, si nos hemos
observado sin ambages, que esos atributos no se dan espontáneamente ,
reconocemos que demandan una cierta clase sufrimiento, algo muere o se posterga en el
deseo egoísta que es mi prioridad , busco siempre lo placido, lo tranquilo, lo
satisfactorio, aquello que impresione mi mente para producir químicos de gozo.
En esta línea, cuando fracciono o pospongo
el placer para dárselo primero a otro,
entonces, me acerco al atributo del Amor que es dar, y si ese dar es genuino,
desinteresado, si lo hago para que el gusto mío se comparta para que otro
disfrute también, entonces es un movimiento tanto interno como externo de realizar en la
tierra aquello que creemos existe solo en el cielo.
El dar y compartir con consciencia e intención se
contrasta con mi realidad de acaparador
de toda la generosidad del Creador:
el alimento, el aire, el ambiente, los olores, sabores, sensaciones, afectos,
atención, aprobación, compañía, emoción religiosa e incluso la filantropía y la caridad,
finalmente nos otorgan placer, sensación de haber hecho lo bueno y lo justo,
esa es nuestra naturaleza de creatura, recibir, recibir y recibir.
En la tradición de las enseñanzas de Jesús Cristo existe una
doctrina que nos muestra el movimiento voluntario hacia experimentar la energía que viene del
otorgar, se encuentra en los escritos de Mateo y se le da el nombre de caridad,
un valor consciente e intencional de
realizar el atributo de entrega que
hemos reconocido en El Creador. Comprendo
que la palabra amor alcanza significado cuando se convierte en conducta medida
y observable en mi consciencia, así:
Si actúo con longanimidad con el otro entonces amo.
Si actúo con benevolencia con el otro entonces amo.
Si expreso cortesía al otro entonces amo.
Si no me irrito con el otro entonces amo.
Si no gesto pensamientos negativos respecto del otro entonces amo.
Si me complazco con el bien y la justicia hacia el otro
entonces amo.
Si me complace que el otro progrese en sabiduría bienes y
dones entonces amo.
Si tolero y me expreso con alabanzas y sin juicios respecto
del otro entonces amo.
Si espero sin desesperar hasta que al otro le llegue su momento
entonces amo.
Todo lo dicho y más, sin decaer, sin cambios repentinos de
estado y carácter, sino como una nueva naturaleza estable, como una constante
integrada a mi por sobre mi deseo egoísta.
Solo al realizar este trabajo espiritual me habré acercado a experimentar lo
genuinamente espiritual, donde mora el Amor realidad omnipresente, cercana, que toca
la puerta de mi consciencia y me invita a experimentarlo.
Comienzo por casa,
a generar amor consciente, luego, me abro a los otros de mi realidad cotidiana
para atraer el bien del cielo a la tierra.